20200325

En TikTok, la joya del “Silicon Valley” Chino, que está apadrinada por el Partido (¿cuál? ¡el único que hay en China!), no sólo te pueden censurar por criticar al gobierno o subir fotos de los tanques en Tiananmen. ¡También te pueden censurar por ser feo o parecer pobre!

El gobierno chino: siempre a la vanguardia en combinar Dictadura Totalitarista con Capitalismo Salvaje (¿es que hay que elegir?): “TikTok controls content on its platform to achieve rapid growth in the mold of a Silicon Valley startup while simultaneously discouraging political dissent with the sort of heavy hand regularly seen in its home country of China.”

Este aluvión de información que se ha convertido en el día a día de nuestro confinamiento está dando lugar a un fenómeno nuevo (pero conociéndonos, quizá esperable): la gente que admite que “no es científico, ni médico, ni epidemiólogo”, pero que no está dispuesta a perder ni una sola oportunidad de ganar más seguidores, retweets, y relevancia en redes sociales: “His Twitter account has grown to more than 120,000 followers since he started tweeting about COVID-19. (He had about 2,000 before.) He shares the same philosophy as Pueyo: that in a public health crisis, fast information with possible inaccuracies is better than waiting.” 

En este mundo de actualizaciones constantes, el nuevo dogma es que “tener información imprecisa o incorrecta es mejor que no tener nada de información”. Y me parece que, en el caso de esta crisis, es justamente al revés.

Sarah Spencer ha creado esta preciosidad de mapa estelar programando máquinas de coser de los 80 con Arduinos y Raspberry Pis. Y lo mola todo.

Una lectura muy densa, pero con puntos muy interesantes sobre cómo de “real” era nuestra vida normal antes de esta crisis, y como lo que nos parece “irreal” es, ni más ni menos, la realidad y la naturaleza llamando a nuestra puerta: “Lo cierto es que, obligados a este parón, vamos a ver por fin cosas que teníamos delante de las narices, nos vamos a aburrir hasta la rebelión, vamos a tensar al máximo nuestros resortes íntimos y nuestra lengua común. La pregunta ahora, por tanto, no es si esta revelación podía haberse producido de otra manera sino si estamos preparados para sacarle partido.”

Para los que tenemos la inmesa suerte de tener que quedarnos en casa (no como la gente que se la está jugando en primera línea en hospitales, supermercados, o fábricas), este artículo trae algunos consejos de auto-cuidado para nuestra salud mental, que también nos va a hacer falta. Bueno, y también trae fotos de gatitos, que eso siempre gusta.

El Insight Lander que tiene ahora mismo la NASA sobre la superficie de Marte tenía un problema: uno de los brazos excavadores se había quedado atascado. La solución ha sido darle un “golpe de remo” (bueno, golpe de brazo con pala) para liberarlo. Lo que más me flipa es que se ha estado escribiendo código durante meses para programar por software ese palazo (con simulaciones incluidas), para asegurarse de que no se dañaba el resto de sistemas del Lander.

Este artículo en realidad me sirve para contar que el fenómeno japonés de las mascotas corporativas me fascina desde hace años, y que a partir de ahora tienes la obligación de seguir a @MondoMascots, la mejor cuenta de Twitter del mundo.

A finales de los 90 podían pasar muchas cosas, como que se anunciara Murphys Stout con un corto animado de cyberpunkis y samurais, digno de proyectarse en cines .

Después de casi 3 años desde Bad Dream Baby, September 87 han vuelto al Planeta Tierra. Me encanta TODO de esta canción y de su videoclip.

20200218

Por supuesto, cómo no íbamos a abrir con EL MONOTEMA. Es evidente que la pandemia y las medidas de contención para combatirla van a tener un severo efecto económico, pero va a ser mucho más grave porque ya traemos de antes una recesión económica a punto de suceeder. Tipos de interés negativos estirados durante años que no reflejan el riesgo financiero real, industria estancada, y muchísimas pymes yendo al mes (o a la semana) sin ningún fondo de maniobra ante imprevistos como el que vivimos.

Y si bien pienso que nadie la deseaba, esta crisis de la pandemia es bastante ventajosa para los que construyen la narrativa oficial: “Muy probablemente el coronavirus no es el único responsable de las caídas en las bolsas, como se dice, ni de una economía capitalista desacelerada, con las ganancias de las corporaciones y la inversión industrial estancadas, sino que es la chispa de una crisis económica pospuesta donde la mala salud de la economía es muy anterior a la epidemia.”

En este artículo también se apunta otro aspecto muy interesante de esta crisis, y que es muy característico de nuestra década: las conspiranoias. Las relacionadas con el virus (se creó en un laboratorio, el gobierno ya lo sabía y lo dejó pasar, etc, etc) nos resultan reconfortantes porque nos mantienen en la ilusión de que tenemos totalmente controlada la naturaleza, las enfermedades, las contingencias, y en fin, la muerte. Y no es cierto: somos mucho más frágiles de lo que pensamos.

Quizá, lo mejor es asumirlo: “Nadie –digamos– quiere contagiarse y es lógico; pero se trataría más bien de reivindicar el contagio, de usar el contagio a nuestro favor, de asumir el contagio, al igual que los médicos y sanitarios, como alternativa a un orden abstracto, muy vulnerable a la contingencia, que se pretende libre de límites: de muerte, de dolor, de sacrificio y hasta de aventuras.”

Y por otra parte, también en fijarnos que: “Ocurre que desde que existe el Covid-19 ya no se muere nadie. De hecho ocurre que no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático, pese a que sería muy fácil y muy útil asociar pedagógicamente la multiplicación de los virus al acoso capitalista de la Naturaleza; e incluso aprovechar este parón para cuestionar el modelo.”

En ese “ya no ocurre nada que no sea covid”, esta semana pasada ocurrió que Harvey Weinstein fue condenado a 23 años de carcel por violación. En esta entrevista con Rose McGowan (una de las impulsoras de #MeToo) previa a la sentencia final, podemos aprender lo que ha significado el movimiento, y como es vivir (y sobrevivir) a violadores como Weinstein y a toda la maquinaria bien engrasada que le daba soporte.

Casey Newton tiene una newsletter/columna periodística y recopilación de contenido mucho mejor que esta, y que se llama “The Interface”. En la columna que abre a la newsletter de esta semana, Casey reflexiona sobre el desafío al que se enfrentan las redes sociales en este confinamiento forzoso: ¿nos hacen “conectar” realmente con otras personas?: “Still, I continue to feel like every social product has a lot more that they can do here. Mitigating the spread of misinformation, and taking steps to intervene directly in the crisis, have been welcome moves. But the period of social isolation that is now crashing down on America will offer a new kind of test for our social networks.”

Beatriz Serrano (una de mis periodistas y columnistas favoritas) ha vuelto a escribir, y nos cuenta un remedio inspirado en Marcel Proust para intentar encontrar pequeños espacios de felicidad en cualquier parte (incluido nuestro confinamiento).

Bruce Sterling, otro de los padrinos del Cyberpunk, publicó la versión en inglés de este relato corto hace poco (la original era en italiano, bajo su alias Bruno Argento). Convenientemente, comienza con una cuarentena en una isla tras una pandemia bastante más grave que la que sufrimos. Pero es mucho más, y sobre todo contiene una referencia preciosa a otra recopilación de relatos cortos clásica, que sólo he pillado casi al final (no digo nada para no hacer spoilers).

Elegí para la recopilación estas fotos de Finlandia, inspiradas en el fenómeno UFO de los 60, antes del Estado de Alarma. Pero dentro de nada, nuestras calles van a pintar igual.

No tengo claro si esto es muy guay o si es la metáfora definitiva de que acabamos estropeando todos los espacios naturales. ¡Quizá sea ambos!

El otro día volví a ver “Jóvenes ocultos” (peliculón). En una de las escenas iniciales aparece el epítome del Saxofonista Hortera Ochentero. Investigando un poco más, descubrí que ese señor es Tim Cappello, y que además de ser conocido por esta escena, también fue saxofonista en varios discos y giras de Tina Turner en los 80 (su mejor época), participó en el primer disco y gira en solitario de Peter Gabriel (el primer encuentro de Gabriel con uno de mis bajistas favoritos, Tony Levin), tuvo una banda en el que el batería era el batería de los Dictators, y hasta llegó a participar como actor en varios episodios de Miami Vice. ¿Por qué este señor tiene que ver con todo lo que me gusta de los 80? También podéis averiguar más sobre él y lo que anda haciendo en esta entrevista.

20200311

Tenemos en la cabeza que Internet es la Web tradicional que visitamos a través de navegadores, pero en realidad hay mucho más. En este artículo se pinta un mapa del “Internet Extendido”, entre el que destaca la “Web Cómoda”: la cantidad de imágenes, capturas de pantalla, URLs, y texto copy-pasteado que todos los dias hacemos circular por email, grupos de whatsapp, y todo tipo de chats privados, y que son prácticamente invisibles para el resto de Internet (para los propietarios de Gmail, Whatsapp, o Slack, no tanto).

Es muy interesante una de las reflexiones que se apunta, y es que cada vez más, en Internet vamos a tener que elegir 2 de estas 3: Gratis, de Calidad, y Abiertas al Público. Pero nunca vamos a tenerlas todas: “The current governing logic of the extended internet universe, I think, boils down to a pick-2-of-3 constraint triangle: {free, open to the public, quality}. Can we have all 3? Many idealists think we once had that (we never did, we just had small scale, and it still wasn’t hitting all 3), or that in some hand-wavy way, “true” net neutrality would deliver that (I’m only a very weak defender of net neutrality: it was a useful principle for a while, but it has outlived its utility).”

Nerfeadas es una serie documental en torno al machismo en la industria y cultura de videojuegos, y el primer capítulo está muy bien. En él se dicen cosas que requieren valentía para decir, y que hacía falta decir hace ya demasiado tiempo.

Se nos están juntando dos crisis que casi nunca ocurren a la vez: una crisis de oferta y una crisis de demanda. Y a lo mejor el capitalismo globalizado empieza a hacer catacrock. Veremos.

Science fiction writers are made to seem prescient by confirmation bias: with time, almost any imagined future can be said to have come true. Take the pulp space opera Agent of Chaos by Norman Spinrad, in which an inept, “babbling” protagonist called Boris Johnson goes to war against a technocratic transnational government. It sounds like a satire of the present but it was written, in earnest, in 1967. The American speculative fiction author William Gibson has said that sci-fi writers are “almost always wrong”, but over the course of a dozen acclaimed novels, Gibson himself has proven he has a gift for describing the present in terms of where it’s headed. His fame as a writer was established by his insight that much of our future would be played out in representative space, the not-there place to which people go when they stare at a computer screen – a realm he called, in the 1982 short story “Burning Chrome”, “cyberspace”. In the age of the smartphone this may seem obvious, but that story and Gibson’s first novel, Neuromancer, were written on a Hermes 2000 typewriter from the 1930s. The first website was almost a decade away, and no one he knew had a personal computer. In another short story (“Johnny Mnemonic”, 1981) he described, 17 years before Google was founded, an “information economy” in which “it’s impossible to move, to live, to operate at any level without leaving traces, bits, seemingly meaningless fragments of personal information… that can be retrieved, amplified”. In 1996, 14 years before Instagram launched, he described in his novel Idoru a future in which “it’s easier to desire and pursue the attention of tens of millions of total strangers than it is to accept the love and loyalty of the people closest to us”. Considering this record, it might be worrying to learn that Gibson’s latest novel, Agency, is largely a credible account of a coming apocalypse. His characters call it “the Jackpot”. “It’s multi-causal, and it’s of extremely long duration,” he explains. Over many decades, climate change, pollution, drug-resistant diseases and other factors – “I’ve never really had the heart to make up a full list, else I’ll depress myself” – deplete the human race by 80 per cent. The Jackpot is the mundane cataclysm of modernity itself. It is hundreds of millions of people driving to the supermarket in their SUVs, flying six times a year, and eating medicated animals for dinner. “If the Jackpot is going to happen,” Gibson says, “it’s already happening. It’s been happening for at least 100 years.” This “long-duration apocalypse” is the defining event in a yet-to-be-completed trilogy of novels that began with The Peripheral (2014). In the decades after the Jackpot it becomes possible to contact the past through a mysterious digital link. In doing so they generate alternate realities, or “continua”, in which they try to create different futures. Agency focuses on an alternate present in which Britain did not vote to leave the EU and the US did not elect Donald Trump as its 45th president. But this is no Remainer fantasy: an unspecified conflict in the Syrian city of Qamishli has brought the world to the brink of nuclear war. Days after this interview, on 12 February this year, fighting broke out between US troops and pro-Assad forces just outside Qamishli. Confirmation bias is rarely so fast, or so unnervingly accurate. *** William Gibson is tall, rake-thin and well-dressed, in sage jeans, a dark shirt and a Japanese technical jacket. Clothes, which are sometimes integral to his plots, are among his many fascinations. He has an eye for materials and colours. On a street in Seven Dials he stops to consider the green of a front door – “Would you call that Essex Green?” – and reveals a working knowledge of the Farrow & Ball catalogue. Gibson is softly spoken, with an accent that keeps the long vowels of his boyhood in Virginia. Born in South Carolina in 1948, he moved to Toronto in 1967 and has lived in Canada ever since. He has been coming to London since the early Seventies. “I was in my very early twenties. I was with my girlfriend, who I later married. We could only afford to stay here for a few days before fleeing to fascist countries, with more favourable exchange rates.” On the return trip, Gibson had his first encounter with the future: glam rock. “I remember thinking that it was the first time I’d ever seen anything that felt truly post-Sixties. Thinking, ‘This is not my thing, this is for slightly younger people’ – that was a first for me.” London remained, for him, a place where things happened first. He returned more frequently in the Eighties as Neuromancer became the archetype of a new genre – cyberpunk – and a global bestseller. “[London] did feel to me, in 1986, like the future… It seemed up-and-coming. But it was also sufficiently plugged in to the rest of Europe, even then, for me to feel the energy of that. In some ways it’s been the most cosmopolitan city I’ve known.” The Peripheral and Agency take place partly in a post-Jackpot London, a century in the future, that is technologically advanced but aesthetically antique. Gibson gestures to the wood-panelled, pelmeted, “completely over-the-top hotel drawing room” in which we sit, a “cosplay zone” of alienated history that doesn’t resemble the past as it actually was. The rulers of this city are “the klept”, a loosely organised oligarchy that is all but ungoverned. It was on a visit to London to see his friend and fellow author Nick Harkaway in the early 2010s that the idea for the klept occurred to Gibson. Harkaway told him about London’s oligarchs, the “tiny, specialised firms that smooth things out for them, get their children into schools”, and the many ways in which City Hall – run, at that time, by Boris Johnson – went out of its way to ensure that they and their wealth enjoyed the city unscrutinised. “At first I thought, he’s putting me on, this is too weird. And then I realised it was true,” he says. “The oligarchs and the City of London merged in my mind, and when I woke up in the morning the book had completely changed.” The klept in the novel are “a sort of cartoon, but not an unrealistic cartoon, of late capitalism”. They represent not just post-Soviet tycoons, but the amoral rich who are already devouring the present, from Silvio Berlusconi and David Koch to Donald Trump and, of course, Vladimir Putin. Gibson has a surprising story about Russia. In the late 1980s, a little-known but highly influential think tank, the Global Business Network, started bringing together experts on the future to advise governments and corporations on the decades ahead. Gibson was one of its seers. Its annual meetings would be accompanied by tours of places its futurologists wouldn’t otherwise see; one year they visited the headquarters of Visa, which Gibson was told had “tighter security than the Pentagon”. Gibson says the GBN arranged for him to meet with FBI agents who were involved with the Russian security services, and that they told him about their plan for dealing with corruption in the post-Soviet economy, a plan they called the “self-cleaning oven”. “They were simply going to let it run, let these guys kill each other off, and when things had calmed down, they’d step in.” According to Gibson, while Boris Yeltsin was in power US intelligence blithely assumed that the turf war would play out with no clear winner. “I think, in retrospect,” he says with a wry smile, “it wasn’t a very good decision.” Putin is the pre-eminent figure in the klept that Gibson sees emerging in the real world. He describes Russia’s reported attempts to influence the 2016 US election as “the most cost-efficient black op in human history. It was a long shot, but it did work, and every day since then they must have had a good laugh, and gotten ready to enjoy yet another day of watching this endlessly exploding grenade at the heart of American government. I doubt they’ve tried to control him very much. It isn’t necessary.” Marketing is a recurring theme in Gibson’s work. He studies brands, and his process has involved reading catalogues of industrial products. In the new conservatism that has taken hold in the US and the UK, he sees a methodology that he traces back to “the great Republican dirty-tricks master Lee Atwater”. Trump, he observes, will “do something, and then present it the very next day as something that is going to have absolutely the opposite effect. And he knows that. It’s a mind-fuck, for want of a better term.” The same strategy could be said of the way Dominic Cummings presents Brexit – a reactionary project that was rejected by the young and voted for most strongly by the over-65s – as the kind of disruptive innovation that might emerge from Silicon Valley. Cummings wrote on his blog that he wanted “weirdos from William Gibson novels” to work in Downing Street rather than “Oxbridge English graduates” (Cummings studied history at Oxford). Gibson was “amused”, he says, but far from flattered. “It was as though Steve Bannon had announced himself a fan.” He also thinks that Cummings has either failed to understand his books, or “glanced through” them in a clumsy attempt to compare himself to Hubertus Bigend, the puppetmaster of Gibson’s Blue Ant trilogy. “It would never have occurred to Cummings,” he says, “that Hubertus Bigend is the villain of the piece.” Gibson has fans across the political spectrum, but he compares those to the right to “those Midwestern teenage boys who think that ‘Born in the USA’ is a patriotic anthem. They haven’t yet realised that Bruce is a big liberal. And when they do, they’re downcast. With my Twitter, I probably manage to do that to someone a few times a week.” *** What Gibson’s klept are already so well established may not bode well for the future of the planet, but they do make interesting subjects for a writer. “I’ve been curious for years,” he says, “about exactly what it is about a global climate change message that seems immediately to attract the ire of conservatives. My suspicion is that by its very nature, it suggests that the most effective response to it would be if we had something akin to the implied world government in the very first Star Trek series… the United Nations, but with teeth.” The creator of Star Trek, Gene Rodenberry, suggested that the world government “came into existence in response to some grave, very near-potential species-wide planetary disaster”, Gibson explains. “And that’s how we finally cleaned up our act and started running the planet in a fair and sensible way. So of course, that’s anathema to someone on the Ayn Rand end of the scale.” Gibson says technological change is often a “convenient” excuse for not changing at all. The idea that rapid technological change will suddenly solve humanity’s problems is, he says, “a more popular mythology among the very wealthy than among anyone else”. The fantastic nanotechnology described in Agency is, he admits, “a deliberately hand-wavy piece of sloppy sci-fi on the author’s part, just to enable there to be a London for me to write about in the 22nd century”. For that to happen in this continuum, we will need more than technology. In Gibson’s 2010 novel Zero History, one character asks Hubertus Bigend “what piece of information he’d most want to have… if he could learn any secret”. If William Gibson was offered the same opportunity, what would he choose? “I would probably ask to know, in a fairly detailed way, what the future – say, 100 years from now – thinks of us,” he says. “History teaches us that it won’t be what we think of ourselves. What we think of the Victorians would have appalled the Victorians, it wasn’t at all what they thought of themselves. “In learning that, I’d be able to infer a lot about the future. And about what’s really happening right now.” William Gibson’s “Agency” is published by Viking

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En esta recopilación siempre necesitamos nuestra dosis de William Gibson, así que aquí va una de las últimas entrevistas con ocasión de su última novela, Agency, donde como siempre se reflexiona sobre nuestro futuro cercano con el cambio climático como protagonista.

En cierto punto de la entrevista se habla de Star Trek como apología anticapitalista, así que todavía mejor: “I’ve been curious for years,” he says, “about exactly what it is about a global climate change message that seems immediately to attract the ire of conservatives. My suspicion is that by its very nature, it suggests that the most effective response to it would be if we had something akin to the implied world government in the very first Star Trek series… the United Nations, but with teeth.”

The creator of Star Trek, Gene Rodenberry, suggested that the world government “came into existence in response to some grave, very near-potential species-wide planetary disaster”, Gibson explains. “And that’s how we finally cleaned up our act and started running the planet in a fair and sensible way. So of course, that’s anathema to someone on the Ayn Rand end of the scale.”

El ser Cuñado tiene explicación científica: se llama efecto de Dunning Kruger, y nos viene de serie con nuestro cerebro: “Si no sabes nada, sabes que no sabes nada. Sin embargo, cuando sabes algo, piensas que sabes todo lo que hay que saber. Se llama el “pico de la estupidez.” (..) El efecto Dunning Kruger parece ser una característica del cerebro humano. Nos gusta extraer conclusiones con pocos datos, porque nos hace la vida más fácil. Esto quiere decir que todos en mayor o menor medida lo sufrimos.”

Esto no es nuevo, pero he descubierto esta semana la llamada Arquitectura Cholet Boliviana y he flipado sin parar con lo bizarro (y algo William Gibson-esco) del fenómeno. Para profundizar, podéis leer este hilo de Twitter y el artículo original de El País al que acompaña la galería de fotos que incluímos en la recopilación.

La semana pasada se estrenó la tercera temporada de Castlevania (la serie de animación), donde escribe Warren Ellis (quizá lo recuerden de Planetary, o Transmetropolitan), quien en su línea admite sin problemas no haber jugado nunca a ninguno de los juegos.

En la entrevista hay algunas perlas sobre el hecho de escribir y la relación con el público: “You only have to have one bad day and then you’re that writer who shows up to tell everyone they’re watching it or reading it wrong. Once a year, I kind of wave to the kids on Tumblr and say thank you very much. Once the show’s done and streaming, it’s theirs to do whatever they want with (..) People are going to say and do whatever they’re going to say and do, and they should be left alone by the writer”

¿Chick Corea con un keytar? En los 80 ocurrió.

20200304

¿Cómo no íbamos a abrir esta semana con algo relacionado con el Coronavirus? ¡En esta recopilación no queremos renunciar a la oportunidad de sumar a vuestras preocupaciones!

En concreto, en este artículo se apunta a una teoría (que es sólo eso: teoría) sobre cómo el progresivo calentamiento global está preparando a los patógenos para soportar mayores temperaturas, y por tanto, a resistir mejor la principal estrategia que tiene nuestro cuerpo para combatirlos (que es subirnos la fiebre). Es decir, que es posible que este tipo de potenciales pandemias vayan a ser cada vez más frecuentes.

También recomendamos seguir en twitter a @CoronaVid19, que al menos nos echaremos unas risas.

No todo van a ser malas noticias: en este caso, investigadoras del MIT han conseguido entrenar un modelo de Deep Learning (una red neuronal) para aprender a reconocer los rasgos moleculares que hacen efectivos a los antibióticos que conocemos. Luego les han puesto a analizar una base de datos de más de 100.000 compuestos que se investigan actualmente, para localizar los candidatos a mejor antibiótico revelación del año (y los resultados, al parecer, son bastante prometedores).

Casos como el anterior son muy buenos ejemplos de lo positivo de las técnicas de IA y de Deep Learning, pero es muy fácil usarlos mal. Este artículo cuenta muy bien cómo el uso cada vez más extendido de algoritmos para componer los turnos y calendarios de empleados de retail/hospedería puede estar ahorrando costes a los propietarios de esos negocios, pero está empeorando a ojos vista la vida de los trabajadores.

Quizá el problema no está en los algoritmos, está más bien en crear esos algoritmos sin tener en cuenta que las personas que trabajan en esos turnos necesitan conciliar, que se pueden quemar, que necesitan horarios estables para dormir bien, y que necesitan poder planificar vacaciones con cierta antelación. En fin, que son seres humanos, y no máquinas disponibles en cualquier horario y cualquier dia de la semana.

Sin duda, el artículo más brillante que he leído esta semana. Pasen y descubran el Internet de las Broncas (The Internet of Beefs), donde lo más importante es que los conflictos sean irresolubles, personalistas, poco rigurosos, y, sobre todo, constantes. ¿Los beneficiados? Los nuevos “señores feudales” del Internet de las Broncas, que hacen caja azuzando a sus “escuderos” a una interminable “guerra cultural” contra la “dictadura progre”, para evitar el “fin de la civilización occidental”.

Como se dice en el artículo: “You cannot predict the course of a culture war by trying to understand it as a military conflict. You can only predict it by trying to understand it as the deliberate perpetuation of a culture of conflict by those with an interest in keeping it alive.”

Este relato de ficción mezcla hechos reales y what-ifs para dibujar los ultimos 13 años de un Internet alternativo en el que Youtube no llegó a triunfar, ni a ser comprado por Google. Está todo bastante bien llevado, incluso el hecho de que en 2020 la gente siga usando Second Life (que llega a tener su propia burbuja inmobiliaria virtual).

Casi todas las grandes empresas de paquetería han dejado de trabajar en Amazon en España, porque en algunos casos llega a ser anti-rentable. ¡Pero no hay problema! Para eso está Correos (es decir, el Estado): para asumir los repartos más deficitarios, y seguir asegurando los beneficios de los propietarios de Amazon. ¿No debería ser al revés?

Este especial del New York Times repasando las mejores ilustraciones editoriales usadas en sus artículos durante 2019 es, simplemente, una maravilla.

Aparte del virtuosismo técnico (que lo tiene, y mucho), me parece que lo que hace que Thundercat sea un bajista tan especial es que toca el bajo eléctrico como nadie más lo hace: su estilo es único, y cada nota es pura expresión personal y artística.